HISTORIA DE UN ZORRO
por Sam Kulla, traducción por Alina Benitez Gracco
Roberto Aguirre se dedicaba a colocar cenizas de humanos en esferas de vidrio. Siempre usaba grandes gorros tejidos de lana, sobre su abundante cabello rubio y sucio, y pedaleaba su bicicleta que tenía guardabarros de cromo, ya arruinados. Tenía una camioneta que usaba para tareas más pesadas, pero su bicicleta era su principal medio de transporte. En el crudo invierno, cuando las calles eran resbaladizas y peligrosas, colocaba cientos de clavos en unas gruesas llantas viejas, así tendría una mejor tracción durante su camino por el pueblo, para ir al trabajo.
Casi siempre al llegar, lo recibía Simón, el dueño del taller. A veces, él lo esperaba afuera unos minutos junto a su bicicleta ya encadenada. Él tenía su propia llave, pero esperaba a Simón, salvo que el viento sea muy fuerte. Cuando Simón llegaba, tomaban un café y armaban cigarrillos sobre su mesada de madera que servía como un andén cargado en aquel callejón, mientras se calentaba el horno. Luego iban adentro, y comenzaban a llenar ordenes.
Simón decía un nombre. Roberto juntaba vidrio líquido en su puntel, para luego colocarlo en el centro de un recipiente, sobre una pequeña batea y lo mantenía caliente en aquel hoyo glorioso, mientras Simón preparaba las cenizas. Éstas venían en botellitas, como de píldoras, de color naranja, provenientes de casas mortuorias de todo el país, cada una etiquetada con el nombre del difunto. Sobre un banco de grafito, esterilizado, Simón usaba una tarjeta de crédito para dividir una pequeña porción, como un cuarto de una cuchara de té, en dos largas y delicadas líneas, como si fuera un experto en cocaína, tenía mucho estilo con su muñeca al trabajar. Separado, tenía dos líneas más de polvo de vidrio de colores. Roberto se movía rápidamente del hoyo glorioso al banco, con su cilindro ardiente y lo enrollaba suavemente, en líneas formando espirales desde la punta hasta el final. El aire tomaba un suave aroma picante por un momento. Luego agregaba más vidrio sobre el lado externo de la pieza y lo giraba por algunos minutos más dentro del hoyo glorioso. Finalmente, Simón se colocaba unos guantes especiales y sostenía la pieza firmemente con sus manos, mientras Roberto golpeaba con un martillo de punta redondeada para quebrarlo. Llevaban la pieza al horno, en un divisor numerado para enfriarse, cada número coincidía con el nombre correspondiente. Simón colocaba cuidadosamente cualquier resto de ceniza que haya quedado de vuelta en su botellita naranja, colocaba ésta en su lugar correspondiente en el armario y luego limpiaba el banco de grafito con alcohol para el próximo trabajo. Hacían esto todas las mañanas, tomándose pequeños descansos. A veces hacían hasta veinte o treinta esferas en un día.
Por la tarde, Simón trabajaba en su oficina, despachando esferas y restos de cenizas, recibiendo envases de cenizas, tomando órdenes y promocionando a las funerarias acerca de las opciones en diseños. Roberto se quedaba en el negocio y trituraba trocitos de bases de esferas sobre una vieja rueda mojada y polvorienta. La rueda daba a una ventana por la que se veía el jardín del vecino.
Un día, a través de la ventana, vio un zorro. Era común ver zorros en el campo, pero en el pueblo si que era muy extraño. El zorro no lo vio a él, cuando entró al jardín, comenzó a cavar entre la nieve bajo el árbol más cercano a la ventana. En un instante, tomó algo en su hocico que era demasiado pequeño para distinguir, y se marchó por el mismo camino por el que había venido. Roberto continuó triturando. Al terminar aquello, siempre grababa el nombre del difunto en la base. Sin embargo esta vez, para su sorpresa, lo que debía grabar era simplemente la inicial de un nombre, junto a un apellido: “A. Fox”.
“Simón”, dijo al entrar a la oficina, “Adivina lo que pasó”.
“¿Terminaste todas las esferas y podemos marcharnos temprano a tomar una cerveza?” A Simón le encantaba ser dueño de su propio negocio.
“Bueno, si… pero hay algo más: La última base que preparé era para un tal “A. Fox”, que en Inglés también significa “un zorro”, y cuando estaba trabajando en la rueda ¡Vi un zorro entrar al jardín del vecino! Sacó algo de entre la nieve y se lo llevó.”
Simón quedó desconcertado, “¿Un zorro de verdad?”
“Si. Un zorro de verdad. Tú tomaste la orden ¿Sabes de quién se trata?”
“Lo recuerdo si. La familia hizo el pedido directamente, no la casa funeraria. Llamó una señora, muy amable y tranquila, pero no dijo nada sobre la relación que la unía al difunto. Lo que me pareció extraño, ya que la mayoría de la gente que hace las órdenes por sí misma, siempre hablan algo de la persona.”
“Es extraño.” Dijo Roberto “¿Te parece que escriba una nota sobre el zorro y la mande en la caja cuando les enviemos la esfera?”
“Buena idea. Pero hazlo rápido, porque quiero tenerlo listo para cuando vengan a retirarlo del correo en media hora.”
Roberto imprimió la historia en media página sobre una hoja blanca, la metió en la caja y terminó de cerrarla mientras Simón limpiaba el negocio y apagaba las luces. El horno nunca se apagaba. En caso de un corte de energía eléctrica, el generador se encendía para que los equipos y esferas no se echaran a perder.
El solsticio de invierno se acercaba y oscurecía rápido, mientras Roberto y Simón caminaban por el callejón a un bar cercano al lugar. Roberto dejó su bicicleta en el taller. Ya en el bar, Simón pidió una jarra de cerveza y pregunto “¿Y entonces qué era lo que el zorro saco de entre la nieve?”
“No pude ver,” dijo Roberto “Miré pero era muy pequeño, tanto como para meterlo en su boca. Tal vez un palillo o una nuez supongo… ¿Qué cosas suelen sacar los zorros de entre la nieve?”
“A veces ratones. O agua, si hay un lago tapado. En realidad no sé.”
“Podemos ir al jardín del vecino y ver.”
“No… lo que sea que haya sacado se lo llevó. Además no quiero dejar huellas en su nieve provenientes de nuestro lado del cerco.”
“¿No te parece como algo sobrenatural? O sea, “A. Fox”, puede ser lo mismo que decir “un zorro” en otro idioma. Fue como si el espíritu de aquella persona se hubiera aparecido encarnado en este animal.”
“Puede ser”, dijo Simón, “O bien, las cenizas pertenecen a un zorro de verdad. No sería la primera vez que trabajamos con mascotas.”
“Si, pero si tuvieras un zorro por mascota, no le pondría de nombre “un zorro”, Le pondrías “Café” o “Elmer”, ¿No?”
“Es cierto.” Concluyó Simón “Entonces, o bien era una persona llamada “A. Fox”, que es lo más probable, o era un zorro que no era mascota e nadie.”
“Hmm…” exclamó Roberto.
“Bueno, ya sabes cómo este esto. No deberías involucrarte tanto con el trabajo.”
Al terminar la cerveza, Simón partió a su casa, su esposa lo esperaba para cenar, y Roberto volvió hasta el callejón a buscar su bicicleta. Con el frió el candado se trabó y terminó rompiéndose la llave. Decepcionado, pateó la nieve refunfuñando y pensó en qué opciones tendría. Caminar hasta su casa le llevaría al menos una hora, y el viento estaba muy fuerte. Podría volver al bar y llamar a Simón para que lo lleve a casa. O bien, podría usar su llave del estudio para buscar unas tenazas y así cortar la cadena. Después de todo, el también tenía su llave.
Entró por el frente de la oficina y se sacudió sus zapatos en medio de la oscuridad. Se quitó su campera y sus guantes, los dejó sobre el sofá, y atravesó el taller. Estaba cálido ahí dentro, y el reflejo del horno bastaba para ver mientras buscaba las tenazas. Afuera, el viento silbaba cada vez más fuerte.
Había algo en el ambiente, el lugar estaba cálido pero a la vez lo contrastaba algo muy frío, las herramientas de bordes filosos, los pedazos de vidrio sobre el suelo, el peligro y aquel olor de cenizas humanas quemadas una y otra vez. Él sabía del respeto que se debía tener por los restos humanos con los que trabajaban. Así como sabía que no había nada de malo en lo que ellos hacían, también percibía que todo aquello rayaba un universo mágico, en el que más de una vez soñó con ser atrapado, en algo tan simple como en un vidrio, por toda la eternidad. En realidad estos pensamientos eran esporádicos, y los dejaba pasar.
Muchas familias demandaban las esferas, incluso personas con alguna enfermedad terminal hasta escogían sus colores antes de morir. Las funerarias generalmente preservan a los cuerpos con químicos hasta el día del funeral. ¿Por qué el vidrio habría de ser diferente? Roberto advirtió que el armario donde almacenaban las cenizas, que siempre quedaba cerrado con llave, había quedado abierto.
Como si fuera poco, escuchó unos crujidos provenientes de la oficina.
Incluso con el calor que emanaba el horno, y con el abrigo que le proporcionaba su gorro de lana, sentía un frío que penetraba su cuerpo. A través de las cortinas polvorientas, aquel crujido le recordaba a cuando él era niño y escuchaba sonidos dentro del horno. Lo abrió y no vio nada, solo cenizas frías que hace meses estaban allí. Pero de ellas, salió un pequeño pájaro negro, que al parecer, habría entrado por la chimenea. Revoloteó dentro de la habitación hasta golpearse contra una ventana, entonces Roberto lo puso afuera, donde en algún momento, despertaría y podría volar. El sonido de las plumas sacudiendo cenizas dentro de esa caja de hierro fue tan particular que nunca lo olvidó.
Se dio vuelta y abrió las cortinas. La habitación se encontraba en orden. Ningún pájaro volando. “Hola,” dijo Robert con voz fuerte, pero no hubo respuesta. Comparada con el taller, la oficina estaba fría y ordenada, apenas iluminada por las luces piloto de la computadora, máquina de fax, fotocopiadora y perillas de luz. El viento aullaba. Debió haber sido solo su imaginación.
Luego de que encontró las tenazas, desató su bicicleta y cerró el estudio con llave. En el camino, pedaleaba fuerte cuando tenía el viento en contra; alineaba su cuerpo en él, cual marinero, cuando estaba a su favor; y se remontaba en él cuando lo empujaba por la espalda, bajo aquel cielo frío y plomizo. Sus llantas caseras, hacían un clac clac clac, lo suficientemente fuerte como para tapar cualquier sonido hecho por aquello que lo perseguía en su camino a casa, por las calles nevadas, en aquella noche: un zorro.

I like the story The character reminds me of you, his personality. It also gives me a good idea of how winter is in Montana, with the descriptions. si tienes mas historias me gustaria leerlas, tambien me agrado la traduccion.
gracias amigo, te mando un abrazo.